Monday, January 05, 2015

Taxi


Son las cuatro y media cuando suena el despertador y no hemos dormido ni tres horas. Nos abrazamos en el frío, pero nuestros cuerpos ya no calientan lo mismo. Acaban de pasar la compuerta de la descompresión y nuestras mentes han trabajado duro en la vigilia para prepararnos a la separación. No podemos caer dormidos de nuevo, el tiempo está contado.

Me levanto y mientras entras en la ducha voy a la cocina a preparar el desayuno. Un café, una tostada. Demasiado temprano para un zumo. Remuevo mi café mientras te observo recolectar las últimas cosas, comprobar que no te dejas nada: el carné de vacunación, el pasaporte, la tarjeta de embarque. Por fin te sientas a tomar el café conmigo. Son las cinco. Aún falta mucho para que alumbre un poco el sol y cante el primer pájaro. Por la ventana, la luz naranja de las ciudades del área metropolitana, que da esa angustiosa sensación de abandono en un polígono industrial.

Nos decimos las pequeñas palabras tranquilizadoras, que nos queremos, que nos echaremos de menos, que me llamarás en cuanto llegues, que son sólo tres semanas, que con suerte, si el planning va de cara, podrás volver antes de tiempo, que lo pase bien en la fiesta de Dorothée y Alfredo, que salude a todo el mundo de tu parte, etc.

Aún estás aquí, tan dormido, tan guapo, tan agobiado por tener que ir, pero es parte de tu trabajo, las misiones, ya se sabe. Intentamos llevarlo lo mejor que sabemos. Y sabemos que la distancia no romperá la comunicación, que pensaremos en el otro todo el tiempo y nos sentiremos, como nos sentimos en el día a día que pasamos también separados, de la mañana a la noche.

Suena el teléfono. Tu taxi ya está en la puerta. Es mejor así, no llevarte al aeropuerto. ¿Para qué? ¿Alargar la despedida?

Te ayudo con tus cosas, bajamos a la calle, me besas con tanto amor y esa sonrisa, esa sonrisa que tanto me alimenta. Entras en el taxi y te alejas, la silueta de tu rostro y tu mano en la ventanilla trasera diciéndome adiós, y yo en medio de la calle desierta, con los dos brazos, ya llorando.

Imposible evitarlo. No importa cuantas veces haya pasado y cuantas veces más vaya a suceder. No es algo a lo que pueda acostumbrarme. ¿Cómo se acostumbra una a pasar el tiempo lejos? ¿Queriéndote menos? Mi vida sin duda, sigue. El trabajo, los amigos, las clases, la fiesta, el piso, el cumpleaños de mi prima. Ni siquiera es cuestión de montar otras rutinas. Es sólo que tú no vas a estar.


5 comments:

  1. Anonymous1:11 PM

    I si NO "contamos el tiempo"? Cuantas veces volvemos a vivir coses que vivimos antes?

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  2. Quién sabe, anónimo. ¿Podrían suceder las cosas sino existiera el tiempo? Nuestras emociones serían distintas. También el modo de contarlas y, por tanto, de vivirlas.

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  3. En efecto, eso es lo que pasa, sólo que en mi caso es ella la que parte y yo me quedo esperando junto al fuego (léase hogar, pero mi hogar es donde esté ella)

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    1. Pues qué hermoso, Lansky.

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  4. Con los años he aprendido que las separaciones frecuentes (y los consiguientes reencuentros) no son tan malos, más bien al contrario. ¿Y cómo se acostumbra uno/una? ¿Queriéndose menos, como apuntas? No, al contrario, aprovechándolo para quererse más.

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