Sunday, July 09, 2006

Merlí el Mag

La Guàrdia Urbana va fer fora tothom de la plaça perquè els de Bcneta poguessin fer la seva feina. Era l’una de la matinada i la ciutat tot just despertava a la fresca de la nit. Una de les darreres noies en abandonar la plaça es mirà les sandàlies xopes. Un altre parell fet malbé per culpa de la brigada, pensà.

Després d’una despesa considerable d’aigua, els camions, les mànegues, les furgonetes fosques i els uniformes abandonaren per fi la plaça. Eren gairebé les dues i tota la superfície era ben molla, no hi havia on seure.

Tímidament, però, la gent retornava. Alguns joves compartien monopatins per poder-hi seure. Els pakistanesos aparegueren amb cerveses a un euro. La remor de rialles i converses retornaren al seu espai habitual.

El Mag Merlí travessava la ciutat amb l'ukelele penjat de l'espatlla. Tornava d’un concert en un lloc petit, tancat, ple de fum i xafogor. Passejava lleuger el seu cos llargarut i uns cabells desmanegats. Quan alguna noia el somreia, es tocava galantment l’ala del barret i retornava el somriure.

Arribà a la plaça i veié que no hi havia gairebé ningú. Caminà lentament, encengué una cigarreta, mirà on podia seure, però no hi havia on.

Una bicicleta frenà de cop al seu costat.

— Què portes aquí? —li preguntà un nano jove d’ulls estripats i pell fosca.

El Mag Merlí mostrà l'ukelele un tant recelós i protector. Darrerament semblava que no podia sortir al carrer sense que ningú li demanés de tocar-lo.

— Em deixes tocar-lo? —preguntà el desconegut.

El Mag va respondre:

—És que tothom sempre me’l demana —Sabent que no era en absolut una raó convincent per a no deixar-lo.

—Fa molt temps que no en toco un —va respondre amb humilitat el nano dels ulls estripats.

Merlí, llegint en aquells ulls una súplica simpàtica i un gran desig, sentí curiositat, perquè l’ukelele molta gent el volia provar, però pocs sabien com tocar-lo.

—Toca —digué.

El nano, dalt la bicicleta, adoptà un posat folklòric i estricà de les quatre cordes sons àgils, alegres i dolços, de nits d’estiu a platges exòtiques.

En breu, en Merlí exclamà:

— Què bé que el toques!

— No res —digué el nano, tot retornant-li l’instrument—, els acords bàsics. A la meva terra sí que hi ha gent que el toca bé.

—D’on ets?

—D’Hawaii.

El Mag i l’Hawaià iniciaren una conversa. El terra s’havia començat a evaporar i ara van poder seure. Merlí li tornà a oferir l’ukelele i el jove s’hi posà amb entusiasme. Els pakistanesos es quedaren sense cerveses per vendre i s’hi atansaren. Uns gitanos que passaren per allí feren rotllana amb les seves guitarres. Uns marroquins hi arribaren amb percussions improvisades. Algunes ànimes no tan musicals anaven passant porros i feien palmes. Ningú no els va fer fora i durant unes hores la ciutat semblà ser d'aquells que la caminaven.

Escena inspirada per Rafa

Thursday, July 06, 2006

Cocoa Beach

The problem is we are ready to give the world for love. Instead, we find ourselves trapped in the practical, tiny stupid things that we give out of love. And to please that self-imposed roll that we end up calling love, we take all the energy from love and so love turns into something dull and meaningless. Most of us have kids, to jump over the abyss. Some turn to volunteer work, art, politics and so on. There is even some among us that share the logic of men, which is not bad, it’s just that is not our way.

We yearn for that companion who will share the same spirit and joy and suffering. We expect our man to be up for the job. We feel alone sometimes because we have the need to be understood. We still carry on the stigma of women all over the world. Men don’t feel the need to be approved to do whatever they want to do. We must conquer that.

We must understand who we are, what do we want and fight for it. Because we are not dolls, nor goddesses… We are. And we make ourselves everyday.

I want to find out who I am and I have no choice but doing it as it comes. The important thing here is the trip in me. It is hard to remember sometimes that we are the bearers of joy, that if we let it die, it just goes away. It is important that we remind ourselves why we are here. And we are here to root ourselves to the earth while we dream of the moon. We are here to center, to balance, to give love and peace. Not to become tragic clowns.

Of course, we cannot do the job if we are not happy with our lives. So that must be corrected and we must be practical and brave about it. If we cannot change a situation, we must find the way to live with it while we find the way to change it. If it’s in our hands to change it, we must do so, before we become bitches, which are not dolls, goddesses neither women.

I know if I could stop worrying about the consequences and about what people might thing, I would accomplish many more things, things that would make me more secure about myself, that would make me love myself before I love somebody else. But that would not be me.

“To be yourself is all that you can do”, said Chris Cornell. “I'm just a girl, what's my destiny? What I've succumbed to is making me numb”, clamed Gwen Steffani.

Working at home must be hard. I admire you. And I am sure that if you make the best of the extra time you get by not having to move around, you’ll be able to enjoy yourself in many ways. Sometimes you just need to see things differently.

I don’t know why I tell you all this bullshit, tough, I am the biggest liar, I disappoint myself everyday. But one thing is for sure, I’d love to have this conversation in Cocoa Beach, beer in one hand, cigarette in the other, staring at the ocean.



Tuesday, July 04, 2006

last sunday

Paula y yo fuimos a la playa sin Eire, que estaba hasta arriba de trabajo y no pudo salir. Desventajas de ser autónoma. Nada más llegar, un gitano malagueño (lo sabemos porque no hacía más que repetir “yo, español, gitano, de Málaga”) y cojo, la tenía liada en la playa, gallito, feo y soez. Con la muleta amenazaba a una gorda rusa que le había afrentado de algún modo que nos perdimos porque eso sucedió antes de nuestra llegada. Varios se le enfrentaron, algunos para calmarlo, otros buscando camorra. Cuando su mujer se metió por medio y vimos que amenazaba con pegarle también a ella, fuimos a avisar a los mossos, que al entrar en acción fueron aplaudidos por la playa en pleno (primera vez que soy testigo de una ovación a la policía). Diligentemente se llevaron a los perturbadores del orden. “Está en la cárcel”, acusó su mujer, que para borde, violenta y soez, también ella. “Es mentira, agente”, se defendió él, “no tengo que volver hasta el 3 de agosto”.

Paula dijo haber perdido toda esperanza en la humanidad porque el mundo está gobernado por la forma de ser y hacer de los hombres. Repliqué que el mundo en manos de ciertas mujeres tampoco es demasiado esperanzador. Conversamos sobre las violaciones que sistemáticamente se producen en todas las guerras, como si fuera el comportamiento que de un soldado se espera. También sobre el hombre aquel que había matado a puñaladas a su compañera sentimental y de quién se descubrió más tarde que había asesinado ya a su mujer catorce años atrás, crimen por el que fue siete años a prisión. Para que haya reincidentes alguien tiene antes que haberlos puesto en libertad, esa regla nunca falla.

Los malagueños regresaron un rato después a la playa provocando el abucheo general. El gitano pidió aplausos y en poco volvió a liarse la bronca. A saber cuál era la reyerta que tenía liada con cualquiera de los payos. El caso es que regresaron los mossos y Paula y yo decidimos que ya habíamos tenido bastantes gritos y violencia, para ser un domingo a la hora de la siesta, así que nos fuimos al paseo Borbón a comernos un helado.

Nos despedimos al final de la Rambla del Raval. Intenté unas palabras de ánimo con ella, aunque no me atrevía mucho, porque cuando uno está mal, la verdad es que las palabras de ánimo caen en bolsillo roto, es más, se suelen rechazar. Pero le dije unas cuantas verdades optimistas sobre su futuro laboral que, siendo objetiva, no se pueden negar. No sé si le sirvieron de algo.

Volví a casa y me pegué una ducha. Me esperaba noche romántica con Jack. Quería contestar unos e-mailes (que todavía hoy no he contestado), pero mi hermano estaba a punto de salir hacia la manifestación por la vivienda digna, de modo que me apunté un rato a la fiesta. La peña llevaba un equipo de música potente sobre una furgoneta y la selección musical era alegre y oportuna. Nos encontramos con Aroia, que hacia fotos y estaba hermosa, como siempre. Por las calles bailábamos y gritábamos “qué pasa, qué pasa, que no tenemos casa”. Algunos de los eslóganes y conclusiones me parecieron un poco anarcas y radicales, para mi gusto, que soy pacifista y moderada, pero en fin… Abandoné la celebración en plaça Sant Jaume donde estábamos sentados escuchando una especie de manifiesto. No creo que fuéramos más de cuatrocientos.

Cené con Jack y sus compañeros de piso. Miranda nos deleitó con sus historias de la infancia y de cómo su madrastra la hacía fregar así, así, y por eso ella nunca podía salir. Pero esa historia ya la contaré otro día, que da para mucho.

Jack y yo nos fuimos a su habitación y nos reímos como hacía tiempo que no nos reíamos, como nos reíamos al principio, cuando nos enamoramos y no sabíamos que nuestro amor iba a precipitarse un día hacia un abismo tan profundo. Mientras haya risa, querida Paula, hay esperanza, gobiernen el mundo los hombres o las mujeres. Pero me olvidé de ese pensamiento, en la playa.

Saturday, July 01, 2006

el beso de la princesa

Seis de la tarde en la parada de autobuses. Con el calor, por muy puntales que sean los transportes, siempre parecen llegar tarde. En una ciudad que crece a cada minuto, el aire acondicionado se ha convertido en oro, mientras el fuego que emana de los locales fríos, hierve la brisa de las calles.

Una mujer intenta apaciguar al niño que lleva colgado del cuello. Hace ya rato desistió de la imposible tarea de limpiarle con un pañuelo las muestras de la rabieta.

Sentadas en el banco de plástico, dos ancianas conversan. La de rostro contraído y ojos un tanto mezquinos se lamenta de que su familia nunca la visita.

Tal vez debes aprender a pedir dice la otra, apenas aprovechando un hueco entre quejas. Con una mano huesuda hace correr un poco de aire entre ellas, valiéndose de un abanico descolorido y ajado.

Uy, ya lo hago, cuando vienen, les recuerdo siempre que no vienen con suficiente frecuencia.

Un joven con traje de marca y maletín azul oscuro, el cabello primorosamente descuidado a la moda, consulta con impaciencia un reloj desmesurado y brillante en su delgada muñeca. Cerca de él, dos adolescentes con más piel que ropa le lanzan miradas furtivas y sonríen con el arte de las modelos de calendario. Una de ellas susurra a la otra un comentario erótico un tanto ingenuo que se pierde en el rumor del tráfico.

Agazapada en el suelo, en el rincón del refugio de cristal que sirve para proteger de la lluvia pero que no tiene poder alguno contra el sol, una muchacha lee un libro. Largos cabellos rubios le cubren el rostro. Una pálida mano pasa de página.

Un señor de barba blanca y aspecto de almirante de submarino, fuma de una pipa de madera algo apartado del resto. En un pequeño cuaderno anota ciertas palabras.

Al grupo se acerca un chico alto y desgarbado, sucio y maloliente, con un cigarrillo arrugado colgado de los labios. Con timidez, quizás con vergüenza de su desaliño, se acerca a los viajeros pidiendo fuego. Con tanto respeto y compostura se acerca, que su petición pasa desapercibida o se confunde con un acto de mendicidad. Resignado, el muchacho se dispone a abandonar la parada de autobús y probar suerte en otro lugar cuando divisa a la chica que yace en el suelo con las rodillas dobladas y la vida secuestrada entre páginas de bolsillo. Se aproxima a ella con cuidado y lentitud, con la curiosidad que sienten algunos felinos hacia aquellas manos que desprenden olor a caricia. Se agacha a su lado y le musita algo al oído. La muchacha cierra el libro y lo mira serena. Su rostro es hermoso, posee un diseño que desafía el orden y el caos, la vida y la muerte, el tiempo. Un rostro bello porque custodia la absoluta ausencia de miedo. Unos labios que no manifiestan los extremos de la euforia ni de la tristeza.

Con ojos transparentes, mecidos en olas de luz, posa su mirada en el muchacho y dice dulcemente: ”no, no tengo”.

El muchacho, abrumado, duda unos instantes. Pero al poco se le acerca de nuevo y murmura algo más en su oído. La chica sonríe, con un gesto elegante se aparta los cabellos del rostro, y ofrece una mejilla. Él posa su mejilla en la de ella y así se quedan quietos un rato, arropados en la magia.

Al cabo, él se incorpora y continua calle arriba con el cigarrillo aún apagado colgado de los labios. Ella sostiene una sonrisa poética de ángel, de diosa, de princesa. Y justo cuando se dispone a abrir el libro de nuevo, aparece el autobús tras la esquina, puntual y repleto.

Historia inspirada por Pep

Thursday, June 22, 2006

camí de l'urna

L’una del migdia i el sol es desfà sobre la Rambla del Poble Nou. La Torre Agbar tremola de calor. El terra bull. La meva cosina i jo hem quedat pel vermut abans de votar, perquè necessitem una mica de reflexió; no sobre l’Estatut, sinó sobre l’amor. Ens aturem en una terrasseta a prendre un refresc amb cafeïna, perquè és diumenge, dia de son i de ressaca. Xerrem fins que se’ns fan les tres i tenim gana. Abans de dinar, però, passem a buscar la seva filla, la Sara, que avui votarà per primera vegada.

Camí del col·legi electoral, els carrers estan deserts. Sembla que tothom hagi fugit de la ciutat. Potser ho han fet. A la cap i a la fi, és un bon cap de setmana per a la platja; un altre, ja en portem tres o quatre...

La majoria no votarà, es veu a venir. Nosaltres tres, camí de l’urna, tenim també els nostres dubtes. El “culebrón” autonòmic ha arribat a la conclusió desvirtuat, ha acabat en una batalla entre polítics, fet i fet, insignificants (no oblidem com som de petits dins d’un món que trona) i tot i ser aquest Estatut millor que el que teníem al 79, tampoc no sembla que faci tanta il·lusió. Ja se sap que a nosaltres, al poble, ens va més la platja, el futbol, l’amor...

Votar, s’ha de votar diu la meva cosina mentre entrem per la porta, és un dret que hem d’exercir.
Què he de fer? pregunta la Sara.

Ens apropem a la taula i li expliquem el procés; és un referèndum i per tant només hi ha tres opcions, per a les eleccions hi haurà moltes més. Li mostrem el cubicle per si vol fer-ho en secret.
Religiosament, votem. I en fer-ho, les cicatrius de la història em recorren l’espatlla i em fan sentir que he complert amb el meu deute de ciutadana.

Ara queda la resta del dia, el dinar, el cafè, la migdiada i sí, per què no? Potser un partit del Mundial, una cervesa al final de la tarda, a la platja, una mica d’amor...

Friday, June 09, 2006

siesta

S.B. se despierta de la siesta desorientada. Recuerda los pensamientos que tuvo mientras creía que una vez más le sería imposible quedarse dormida. Entre sueños tuvo frío e hizo de su cuerpo un nudo. Al despertar no pudo encontrarse las piernas ni los brazos. Al despertar tenía en la cabeza un grito, pero no era suyo, ni de Hugo, ni de Anaïs, ni de Henry, ni de June. Tenía una llamada perdida de Jack y tuvo la intuición de que Lauren acababa de marchar. Otro extranjero más que regresaba a su país y dejaba la ciudad sin que S.B. hubiera tenido la oportunidad de despedirse. Fríamente pensó: “me alegro de que no soy yo, de que tengo mi sitio en el centro, de que no tengo que estar yendo y viniendo”. Entró en la cocina a prepararse algo de comer pero se dio cuenta de que ardía entre las piernas y corrió a abandonarse a la caricia del vibrador. Después sí que cenó. Se sentó a escribir unas líneas pero el vecino de al lado tenía la tele a tope con el fútbol. Pensó: “¿Ya ha comenzado el mundial? El fútbol parece no terminar nunca”. Así es, S.B., una puede correr, huir, cambiar de país, cambiar de amor, cambiarse el color del pelo, el nombre, e incluso volverse loca y creer que el mundo es por fin otro, pero el fútbol, mi niña, no termina nunca.

S.B. cerró todas las ventanas pero la televisión tenía el volumen tan alto que ahora vibraba en paredes y suelos, de modo que abrió las ventanas de nuevo y puso música. Jack llamó y S.B. le dijo que estaría un rato más trabajando en las memorias de su tía, pero era mentira, en verdad estaba trabajando en un poema imposible que no tiene palabras escritas, que no tiene palabras de ningún tipo, la verdad, y que comenzó en cuanto se sirvió una copa de vino. Las memorias de su tía la hunden hoy, no hacen más que recordarle el mundo tan consentido y abominablemente ostentoso que entre todos construimos. No los que llegan en pateras, claro. Aunque es un hecho demostrado que cuando un pobre consigue algo de dinero su primer afán es el de ostentar más que el rico. Pero el mundo de la Guerra Civil le quita la energía, las ganas, la ilusión. Se da cuenta de que el equilibrio social se sostiene de un hilo y de lo poco que importa si el universo se está expandiendo o encogiendo y quién o qué hay realmente detrás de todo ello. La incertidumbre no construye vidas. La incertidumbre las destruye, mucho más rápido que el efecto invernadero. El dinero construye vidas. El dinero y las leyes, la amistad, el fútbol, la música, el arte, los estatutos, el sexo, el amor, la familia (de todo tipo y color), la electricidad (nuclear o no), los bosques, la lluvia (a ver si por fin llega), el sol y el fin de las guerras.

Sunday, June 04, 2006

Harlem Jazz Club, Barcelona

It is summer. You can tell by the smile of the youngsters and the cry of the waves, by the smell of shrimp crawling in through the opened window and the breeze, so sensual and bright, by the kids, running wild and unaware and the flowers, mature and heavy, howling and the wind. The feet feel so happy, bare or in gay sandals. At night, the seaside sprinkles its sultry crash and in the early morning the birds wake up crazy, ambushing the sky.

It is summer, well, almost, although all the signs are here for weeks now and the blood that got thick and sick and mad in April is finally ready for a little adventure, a trifling happiness, some new kisses. The bodies are waiting, as hard and warm as the sand.

There is something about a gang of man on stage, something beautiful, something to hate. They look powerful but helpless, like children with guns. And after a while they don’t look sexy anymore, instead, rather sweaty and ugly.

There is an old man walking around with roses, all wrapped up in plastic. He offers them to the public, he offers them to the musicians, and nobody takes one, nobody except Jack. He drops it. The old man picks it up.

There were only five of us when I got here. I can still see them through the smoke of the last song.

And when I get home I have lost my keys and cannot call anyone ‘cos I forgot the cell phone on my bed. So I cross back the city on my high heels, jumping and running on my toes back to Harlem, scared that I might sleep in the street the few hours I have before going back to work. And when I get there all my friends are gone and there are no keys on the floor. A couple of lovers have them; they say it was the man with the roses who found them. So I rush back to the street to fletch him and I kiss him thank you on the cheek and he gives me three roses.

There is some magic in the air. It is summer, most definitely.