Estaban frente al control. Sandra aún tenía media hora antes del embarque, pero estaba ansiosa por entrar ya y perderse un rato en la librería del duty free. Erik la miraba con ojos aguados. Sandra le había pedido que no viniera. ¿Qué más podían decirse? Se había quedado tres días más de lo previsto. Habían hablado más, comido más, follado más, paseado más y visitado más museos de lo previsto. Por su parte, estaba saciada. Era la primera vez que se sentía así, que no tenía el peso de la separación en los huesos. Al contrario, tenía muchas ganas de estar sola.
-Gracias por todo -dijo-,
ha sido genial.
-¿Seguro que no puedes
quedarte? -Preguntó él.
-No... Ya he alargado al
máximo.
La verdadera demanda era
que se quedara esta vez, para siempre, que lo dejara todo, que
empezara aquí, junto a él. Con su currículum, no debía tener
problema alguno en encontrar un buen trabajo. Y él podía ayudar
unos meses. Se las apañarían. Hacía demasiado tiempo que vivían
así. Ya no le bastaba con ser su amante. Quería ser su hombre. Y
era ella quien conocía la lengua y la cultura de su país, era la
más fuerte de los dos, la que podría sobrevivir el cambio.
Pero no matizó sus
palabras. La besó con carne y lengua, con el sabor del último vino
que habían compartido con vistas a la ciudad nevada.
-No estés triste -sonrió
ella. Le dio un abrazo fuerte y dijo-: me voy, ya sabes que no
soporto este momento.
Entró en la fila compacta
de gente que ordenadamente iba dejando objetos en bandejas y
despojándose de abrigos, botas, cinturones, joyas y la parafernalia
que habita en los bolsillos. Sandra se volvió, del otro lado del
escáner, y saludó. Erik sonrió y devolvió el gesto. Por un
segundo había parecido que en vez de marchar, estuviera llegando.





