Thursday, July 20, 2006

Jueves

7.45 de la mañana. Jack y yo nos despedimos en la rotonda del metro del final de la Rambla, frente al guitarrista que cada mañana me dedica un “buenos días princesa” a ritmo de tango. Jack e Iris inician un autostop, como Merlín, rumbo a Holanda. Me siento como si fuera la única en la familia que trabaja. Sensación de tristeza y abandono y tentaciones de autocompasión. Qué lujo, cierto, mientras tantos siguen hoy perdiendo sus casas, sus aldeas, muriendo. ¿Y por qué los hombres tienen que oler tan mal? ¿No es suficiente que apenas exista el aire en este tren para que además tenga que soportar su asquerosa masculinidad? Estoy al borde del desmayo. Por lo menos visto conjunto nuevo, fresco, alegre y muy barato, cortesía del Mercat de Sant Antoni. Eso me anima un poco el día, ya ves qué fácil. Eso, y que esta tarde me escapo a la playa, que ceno esta noche con mis padres, que mañana por fin es viernes y subo a la casa de Marcos en la montaña. Paula preguntaba el otro día sobre el sentido de la vida. Pues bien, que en cuanto llegue al trabajo voy a poder respirar en el aire acondicionado y ver las colinas de Collserola, hoy, me basta.

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