Friday, August 18, 2006

beloved







If
I let my hands run free over your body
I will open your skin and drink white blood in a cup of clay
that I stole from the princess I killed eight hundred years ago.
And
if I let my lips touch the tip of your tongue
I will chew you fiercely and your flesh will become fire
and I will burst in an ocean
of gold.





Sunday, August 13, 2006

el chiringuito

Salimos con el coche rumbo al chiringuito, con una botella de cava y tres vasos de plástico. Ya anochecía aunque hubiéramos querido ver el sol ponerse desde la playa. Divisamos castillos supervivientes en las grises colinas y el verano anunciaba su fin con una brisa fría, húmeda de lluvias por venir. Cenamos con la alegría de toda la noche por delante, de la ausencia de llamadas, de responsabilidades. Charlamos de esto y de aquello dando tiempo a que la locura hiciera efecto. Luego corrimos al agua desnudos y nos bañamos en el mar negro bajo un cielo pirata. Estábamos en la playa como tres chiquillos que pasan por primera vez la noche fuera de casa. Peleando en la arena mientras las olas traían la luna con dulzura hasta la orilla. El placer de hacerse reír aunque las cosquillas sean un límite. Las bromas y las conversaciones que nacen entre los que no deben explicarse. Al despertar aún estábamos juntos, aún entramos en el mar. Y durante el desayuno nos trajeron tres tomates del huerto, de los de verdad.

Friday, August 11, 2006

Vagón

Una chica descansa sobre la ventana del tren. Al otro lado, las montañas, el sol de un fresco agosto, las nubes cargadas de gris, de azul, de oro. Abre y cierra los ojos al paisaje con ensoñación, con felicidad contenida, con una sonrisa. En el silencio sepulcral de los que madrugaron para trabajar hoy, brilla. Al otro lado una muchacha pierde su mirada en un libro que no puede leer, porque sus lágrimas son rojas y espesas. La ventana no parece traer esperanza para ella, ni el sol ni las nubes ni el día de mañana. Exultante, la chica feliz pasea su alma por el vagón de tren, buscando en otros ojos atisbos de ilusión. Por un instante se encuentra con la muchacha triste en un valle de tranquila desesperación. Tal vez siente no poder compartir su alegría con ella, decirle que todo pasa, que mañana puede traer buenas sorpresas. La muchacha triste recoge sus pesadas lágrimas en un pañuelo nuevo, cierra su libro y se pierde en las montañas. Suspira tan fuerte que el aire de su muda voz serena a los viajeros. La chica feliz cierra los ojos y sonríe de nuevo. Tal vez anoche vivió amor.

Tuesday, August 08, 2006

el viejo que iba a trabajar

(Última historia de la saga triste)

El viejo caminaba lentamente y con dificultad. Vestía un traje anticuado aunque bastante nuevo, limpio e impecablemente planchado. Olía a loción a granel. Su corbata plateada anudaba un poco holgada su delgada garganta. Sus cabellos lucían blancos, azul metálico. Por los pasillos de la estación, a hora punta de la mañana, la actividad corría a su alrededor. Algunos lo esquivaban a tiempo. Otros se veían obligados a frenar en seco. El viejo era tan menudo que los otros viajeros apenas reparaban en él hasta que se tropezaban con sus huesos. Hubo incluso quien lo maldijo, como si el anciano tuviera la culpa de que fueran a perder el tren al que intentaban llegar con prisas y con retraso. Una mujer obesa que no encontró hueco para adelantarlo estuvo a punto de gritarle que se apartara y dejara paso a los que realmente tenían que llegar al trabajo. El viejo aferraba en su mano izquierda un maletín que, si la gravedad no engañaba, tenía todo el aspecto de estar vacío. Y cuando llegó al músico que cada día, a la misma hora, entonaba lánguidos lamentos de su lejana tierra, se detuvo como un muñeco que ha agotado la batería y olvidó a donde se dirigía.

Friday, August 04, 2006

palabras para Jack

Me diste lo mejor de ti, príncipe de la libertad, pero no era suficiente. Porque te amaba más que a mí misma recorrí de vuelta el camino que tanto me fatigó en la huida. No pude encontrar quienes fuimos ni quienes podríamos ser. No era real porque volver nunca lo es. Y sin embargo, en la batalla por el amor que se había lastimado tantas veces, descubrí que en tus brazos siempre iba a sentirme bien, aunque mi alma se rompiera en nuestras diferencias, continuamente. No pude detener el dolor, no pude olvidar. El abismo seguía abriéndose, por mucho que estiraras los brazos.

El amor que no pudo ser sigue dentro, hirviendo. Y todas estas lágrimas, mi amor, no apagan el zumbido de tus ojos, de tu voz, de la vida que tuvimos juntos. Qué importan hoy el viento, el sol, cuando ya no hay esperanza para lo nuestro.

Thursday, August 03, 2006

La mujer que no quería ir a dormir

A las siete de la mañana un espejo gigante reflejaba el tesoro de un barco perdido. Con destellos de oro y cobre el sol desgranaba sus lágrimas sobre la Rambla del Raval. Algunos rincones permanecían todavía en la sombra, acunados por la noche que tan rápidamente se despedía.

En un banco, junto a un perro cansado y un libro roto, se sostenía a duras penas un borracho, algo mayor, de cabellos enredados, color de nicotina atrapada. Sentada, una mujer también mayor y ebria, dejaba caer su esqueleto andrajoso y pequeño sobre unas rodillas inertes, algo temblorosas. Sus cabellos grasientos formaban una onda a la altura de las sienes, al estilo de modas antiguas.

— Vamos mujer —dijo él—, vamos a casa, a dormir.

Ella no hizo señal alguna.

— ¿No estás cansada? —prosiguió él con voz ronca y fatigada—. Ya se acabó la noche, ya es la mañana.

El hombre, impaciente tal vez por el mutismo de su compañera, se dio la vuelta e intentó unos pasos sin dirección. El perro elevó un poco las orejas pero mantuvo los ojos cerrados, comprendiendo que la retirada era una falsa alarma.

El hombre caminó de nuevo hacia el banco con torpeza e insistió:

—Mira, ya es la mañana, no queremos estar en la calle cuando llegue la gente del día ¿verdad?

Por toda respuesta, la mujer hundió las manos en sus mugrientos cabellos.

El sol navegaba entre los edificios y atracó con precisión en la cabeza del perro, cuyos párpados se estremecieron. Lanzó un gruñido, quién sabe si de incordio o de satisfacción y hundió el hocico en la sombra del libro roto.

El hombre se sentó junto a la mujer y le tomó una mano. Sus rostros estaban ahora muy juntos y sus cuerpos parecían tan ancianos…

Pasaron una unidad de limpieza, un distribuidor de cerveza, un camión de congelados. Una muchacha hermosa, limpia y fresca, avanzaba rambla arriba al son de la música en sus auriculares. De las calles adyacentes emanaba un ligero hedor a sudor y secreción. Desde el puerto llegó el aullido de un buque. Y de entre los muros de la ciudad vieja una bandada de colores proyectó geometrías en el azul del cielo.

Wednesday, August 02, 2006

Ignición

Un blog no es un diario, aunque a veces lo parezca. Una sabe que la van a leer y se esfuerza más. También oculta mucho más. Cuando los cambios se avecinan pero aún no se han comunicado, no se puede escribir al respecto. Tampoco se pueden escribir otras historias. ¿Qué cuentos podría ofrecer si todo cuanto tengo es este fuego dentro, esta alegría contenida, esta esperanza de futuro? Amor, miedo, temblor. Un mano amiga que recoge cristales de quien seré, sin un rasguño.