Saturday, July 21, 2007

Bicing

La calle es ácida. Sus pulmones catapultan nueces mórbidas. Una colilla se arrastra encendida. Los hombres me disgustan. Las mujeres me avergüenzan. Es ese día del mes en que la humanidad me repugna, con todas sus razas y colores, modas y olores, lenguajes y peculiaridades. He caminado todo el día, con la ilusión de estrenar mi tarjeta bicing. No hubo suerte. Sólo una vez encontré una bicicleta, pero tenía la rueda pinchada. La tarde me sorprendió fría y barroca en el Parque de la Estación del Norte. Tenía rumbo, pero mi cuerpo seguía su propio ritmo. Creciendo de agua, sin substancia dentro. Por fin llego a casa, todas las visitas terminadas. Y hay silencio, extrañamente, en los balcones abiertos.

Tuesday, July 17, 2007

Piedra número diecinueve: “ego”

Rosendo hechó el humo de sus pulmones al gato y el bicho se quedó quieto, con los ojos cerrados, aleteando pequeñamente su diminuto hocico. A contraluz, el humo dibujaba las formas habituales, infladas y redondas. Gina Lis comenzaba a arrepentirse de haber aceptado entrar en el taxi con él. Toda persona en el mundo la aburría, pero siempre volvía a caer en el error de la esperanza.

Para ganar un tiempo que de todos modos era muerto, se fue al baño y con unas pinzas que siempre llevaba en el bolsillo, se repasó las cejas. Al regresar a la sala, nada había cambiado, aunque parecía que entrara un poco más de brisa.

“Tengo calor”, dijo, “y hambre. Dijiste que me invitabas a cenar”.

“Sí, sí… Ahora cocinaré, pero un poco de relax ¿no? Contarnos los viejos tiempos, acabar este porrito”.

Gina apartó el gesto de ofrecimiento con la mano. Ya hacía años que lo había dejado. El alcohol no, el alcohol era diferente, podía controlarlo. No es que pudiera detener el tren de la euforia y dejar de beber a tiempo (por lo general el consumo terminaba cuando caía dormida en algún lugar), pero podía controlar su mente en el proceso.

“Es el ego”, anunció Rosendo, “no es individualidad, ni falta de tiempo ni egoísmo. Es el ego en sí. Por naturaleza, necesitamos creer en algo, y como todo ha fracasado, sólo nos queda nuestro propio ego. Para no caer en el pozo del sinsentido, tenemos que alimentarlo. Y eso ya depende de cada uno: invadir Iraq, componer una sinfonía, someterse a cirugía estética…”

Gina intentaba dejar de fumar, pero se lanzó sin remordimientos a la tentación.

Rosendo continuó: “necesitamos que nos quieran, y si no nos quieren, necesitamos querernos a nosotros mismos y lo hacemos en solitario, porque hemos perdido las vías de comunicación tradicionales y además…”

“Perdona”, interrumpió Gina, “¿Con ese “nosotros” a quién te refieres?”

“A la raza humana”, respondió Rosendo con cierta indignación vehemente.

“Mira. No he venido aquí a filosofar, eso lo hacía cuando tenía catorce años. Si quieres hablamos de ti y no de la raza humana, pero mientras comemos, que yo he venido a cenar y a ver si tu polla es aún como la recuerdo. ¿Te apuntas o no?”

“Sí que pisas fuerte…”

Gina guardó silencio unos instantes. Al ver que no había más respuesta dijo: “voy a llamar a un taxi. Mientras esperamos, me gustarían unas olivicas, si tienes…”


Monday, July 16, 2007

Albahaca

No puedo evitar sentir lo que siento. Si callar significa ahorrar dolor a los demás… ¿Y no causaría dolor muda, con todos estos nudos, estos agravios, estos miedos? ¿Sería tal vez capaz de armarme hasta los dientes e ir a un concierto de Alejandro Sanz a disparar balas de fogueo? Podría incluso esperar al alcalde a la salida del ayuntamiento y golpearle la cabeza con un buen chorro de agua. Podría acabarme la vida, cuando no hago nada de provecho. Podría odiar… Pero no puedo evitar sentir lo que siento. Te lo explico porque te quiero. Si mis palabras duelen, no son más que la melodía de la muerte. Que no estemos de acuerdo me entristece, pero hay más de un camino. Estar triste es mejor que estar enfadada. Abrázame, dejemos a un lado esta conversación. El futuro no es para nosotros, no sabemos donde está. Sólo quería decirte lo que espero. Disculpa si te revolví el estómago. Cómo si no hubieras tenido bastante con la albahaca.


Friday, July 13, 2007

La abuela

La abuela mira indiscreta pero sin ver (se quitó las gafas) a las persianas echadas: “soy el tema de conversación del barrio”, dice, “desde que tu abuelo murió, todo el mundo sabe cuando entro y salgo y el color de mi blusa”.

Por eso no levanta las persianas, ni siquiera cuando la tarde avanza y las nubes de este julio tormentoso sin lluvia ahogan la estancia en penumbra. Dice que la vecina de enfrente está apostada en la ventana y que seguro debe escuchar sus conversaciones telefónicas.

Viste una bata de flores que me traslada a mi niñez, a flan recién hecho, a melón fresco. “Esta bata me recuerda a los viejos tiempos”, le digo. “Viejos no”, dice ella, “Esos eran los tiempos jóvenes, ahora son los viejos”. La abuela parece haber comprendido que ya ha dejado de hacerse mayor y es simplemente vieja. Me parece que debe ser lo más difícil del mundo, a su edad, volver a comenzar, después de una vida de machismo que combatió como una fiera. Parece cansada, pero no pierde su irónico sentido del humor. Me hace reír.

Quisiera tener más tiempo para ella. Podría ahora mismo estar con ella, en lugar de escribiendo esto.

Wednesday, July 11, 2007

Genes

Mi mundo creció el día en que vi a Mindi. Corrí a saludarla con alegría, sin pensar, sin recordar. ¡Era Mindi y quería abrazarla! Mindi me reconoció al instante y nos encontramos en histeria, sin pensar que quizás no hacía años, si no sólo meses, que no nos habíamos visto. Nos sentamos en una terraza a tomar una cerveza y comenzó el descargue de novedades y preguntas. Pronto nos dimos cuenta de que algo fallaba. “¿No eres Mindi?” pregunté. “¿No eres Isabella?” preguntó ella. El mundo de los genes es amplio. Durante el rato que duró nuestra bebida hablamos con efusividad de aquella otra persona que pensábamos que la otra era. Luego nos despedimos con cariño, pero bastante extrañamente.

Monday, July 09, 2007

Last days de Gus Van Sant

Lorca y yo salimos desorientados del cine. “Por eso no me gusta ir a ver películas de día”, dice, “al salir todo es demasiado concreto”.

Obstinados desde el estreno a pesar de las voces que nos previnieron, no hemos podido resistir la curiosidad. Quizás no fuera la película adecuada para romper nuestra distancia del séptimo arte, como tampoco lo fue Spiderman, aunque sí Shortbus.

Había leído muchas críticas, antes de entrar en la sala; ninguna se ha acercado a lo que pienso.

La filmación ha calibrado posibilidades: sonidos, texturas, exposición prolongada de escenas emocionalmente incómodas. El plano estático de la ventana dentro de la cual Blake improvisa la creación de un tema es de una violencia artística real y dolorosa. Su continuo caer y golpear el suelo buscando desaparecer resulta inquietante. Las dos dobles narraciones son de extraordinaria belleza y precisa composición. El bosque, el río, la casa y la cabaña son tan personaje como los humanos; tan personaje como la música. En mi opinión, sólo un gran cineasta podría haber conseguido este efecto.

El detective privado comenta al tomar en su mano una droga que aguardaba en la cómoda: “primero cristaliza, luego implosiona”.

Siento la cristalización/temo la implosión.

No la recomiendo a aquellos que tengan seres queridos que hayan perdido el apego a la vida, ni a aquellos que hayan perdido el algo que nos mantiene fieles a este mundo de plástico. Mucho menos a los que necesiten de una película acción, romance o intriga. A lo más, habitan en la sórdida transparencia ciertos momentos cómicos. No se trata de un producto comercial; sólo podemos aproximarnos como a ciertos cuadros, ciertas sinfonías, cierta literatura.

En todo caso, la experiencia es demasiado personal como para opinar. Escribir una crítica sobre una película cuya intención es exponer la desintegración del ser antes de la muerte, sería desleal. Hay poemas que no comprendemos, pero aún nos invade la belleza de su matemática.

Sunday, July 08, 2007

Electricidad

Un viernes me permití el lujo de comer en un restaurante, sola. Había conseguido salir pronto de la oficina, no había quedado con nadie hasta las ocho de la tarde y no llevaba fiambrera ni quería comer en la cafetería del trabajo. Cogí el tren y llegué a la ciudad. Comenzaba la primera parte de mis vacaciones; en teoría, porque tenía asuntos pendientes que iba a tener que solucionar durante el fin de semana. No sentía euforia alguna, si acaso un poco de cabreo con mi cuerpo porque la regla ya tenía que haberme bajado y seguro que ahora se esperaba al lunes, que iba a viajar, sólo por joder.

Decidí premiarme y entré en un restaurante donde comí bien una vez con mis amigas. Pedí ensalada de beicon y piña con palmito de primero, muslo de pavo a la salsa de coco, de segundo, y una copa de vino. En cuanto saqué mi libreta para no parecer tan sola entre grupos de amigos y parejas, se fue la luz.

Ese viernes parece ahora lejano. Las vacaciones me recuerdan que la rutina existe sólo si la dejo entrar.