Thursday, August 30, 2007

Giving up

Fui dos. Me escondía en un edificio (la policía me buscaba) mientras en la calle intentaba proteger mi refugio convenciendo (en especias) a un agente de que el piso estaba vacío.

Mañana gris, humedad empozada. Viento.

Del cigarrillo de Lorca emana la siguiente historia: un profesional de la música, tras veinte años de dedicación, tira la toalla, decepcionado, enfadado, sin haber sido capaz de vivir de ello.

Me pregunto con qué se ilusionará a partir de ahora, si abandona el arte.

Cuando eres un trabajador, sabes que van a venir a robar tu dinero.

Quienes trabajamos pero quisiéramos no trabajar (trabajo=vender nuestro tiempo por algo que no nos importa demasiado a cambio de un salario bajo que no llega a final de mes y nos obliga a endeudarnos, sin casa propia, sin pensión futura *esclavitud ¿quizás?/hay quien se cree clase media*), asumimos que no somos genios y que por tanto no podemos vivir de nuestro arte, o por lo menos, no completamente. Pero somos prisioneros de ciertas comodidades y vicios, así que aceptamos la transacción, cuando podríamos tirarnos al viento y ver qué pasa.

En ese equilibrio flojo pasamos días de éxtasis y días miserables.

Pretender triunfar es peligroso, como lo es toda vanidad. Ya se sabe, sin embargo, que en ocasiones quien la sigue la consigue. Y que en tiempos de agobio es esa vanidad la que nos rescata del pozo.

Marga dijo: “quisiera dejarlo todo, empezar otra vida, pero ¿qué? Tengo cuarenta años, dos niños. No quiero cambiar de trabajo para hacer lo mismo y cobrar menos. Y no sé hacer ninguna manualidad, no sé escribir, no sé cantar…”

Envidio a Merlí porque toda su pretensión en la vida es ser él mismo, que le dejen ser quien quiere ser, sin obligaciones, sin presiones. Y todavía es más admirable su empresa porque cree ser capaz de lograrlo aquí, en la ciudad de los frustrados, la ciudad, también, de las nuevas ilusiones cuyo tiempo de morir aún no ha llegado. La ciudad donde sus seres queridos le aleccionamos sobre las decisiones que debería tomar. Yo en su lugar hace tiempo que me hubiera ido lejos. Pero qué puedo saber yo, que sólo soy una cobarde más.

Me cuesta comprender el mundo y me indigno a menudo: indignación vana que aburre a mis amigos, exhaustos de intentar vivir la vida con alegría, en el viejo continente de los odios, las mentiras, las envidias. El continente en el que, para protegernos, en lugar de abrirnos (al extranjero, a la crítica, a la posibilidad), nos encerramos (con nuestro orgullo, nuestras nostalgias, nuestros egocéntricos sueños de grandeza). El continente que huele a muerte, a melancolía, a mezquindad.

Pero no me quejo de mi vida. ¿Cómo podría? Mi vida es todo cuanto tengo. Mataría por ella. Hay gente que detesta su vida y no hace nada para cambiarla, que se arrastra por el mundo chupando del optimismo de los demás.

Luego un día estás jugando un partido de fútbol, te colapsas congénitamente y a tomar por el culo. ¡Ta-rá!

Y si naciste en ciudades basura o en la jungla, ya ni siquiera tienes la oportunidad.

¿Quién tira la toalla del arte, de la amistad, de la humanidad? No todo es cuestión de fe. Ni de suerte. Cálculo de posibilidades para un mundo atómico y autómata. Habrá que ser racional, quizás, y no perder la serenidad.

Wednesday, August 29, 2007

Una de gángsteres (V y último)

Ya en el crucero, las chicas paseaban por cubierta. Su única misión, por el momento, era estar a la vista de Sonic, por si las necesitaba. Sólo sabían que las habían contratado en una compañía de teatro en Missouri y que se encontraban en camino. Sonic jamás les daba detalle alguno, sólo lo que debían saber que era exactamente lo que si les preguntaban debían decir. Al cabo de unas horas, la fatiga hizo mella en Carol y anunció que se iba al camarote a echarse una siesta.

—No puedes —dijo María.

—¿Por qué no? Me caigo de sueño.

—No podemos desobedecer a Sonic.

—Me parece que no me pasará nada por desaparecer un par de horas. Ni siquiera se dará cuenta.

—Sonic se da cuenta de todo —dijo Sheena.

—Me da igual, no le debo nada, no soy su esclava.

—Si le traicionas, te matará —informó Elena.

En ese momento Sonic hizo un gesto reclamándolas a su lado. Todas las chicas acudieron a la llamada excepto Carol, que tranquilamente se fue a echar una siesta al camarote.

Cuando las chicas tuvieron por fin permiso de retirarse a descansar se dirigieron al camarote. A Carol le resbalaba un elegante hilillo de sangre de la sien. Su cuerpo aún estaba caliente.

Tuesday, August 28, 2007

Una de gángsteres (IV)

Sonic llegó poco después.

—Intentad explicárselo a Sheena, yo ya no puedo con ella.

Sonic, dejando atrás a una frágil adolescente de dorados cabellos y oscura piel, se dirigió a un gran espejo ovalado, con ribetes de bronce y destellos esmeralda. Se observó largo rato, se desnudó y comenzó a escoger elementos para su transformación. Mientras, María y Elena se sentaban a la mesa con Sheena y le servían un poco de té. Sheena lloraba.

—No es nada personal —dijo María.

—No puede amarte —añadió Elena.

—No puede amar ni a mujeres ni a hombres —clarificó María.

—Es bueno con nosotras, pero sólo puede amarse a él —continuó Elena.

—Es un hermafrodita sin sexo —apuntó María— ¿Sabes lo que eso significa?

Nada parecía mitigar el llanto de Sheena, pero tomó la taza de té en sus manos. Fue entonces que se dio cuenta de la presencia de Carol y la fulminó con la mirada.

—No voy a quitártelo —dijo Carol como defensa —, a mí no me gustan los hermafroditas sin sexo.

A Sonic, que ya se había alojado dentro de un largo vestido de terciopelo azul y se probaba pelucas en su cabeza afeitada, el comentario le pareció de lo más gracioso y estalló en carcajadas sonoras y melódicas.

Las chicas también rieron, excepto Sheena, claro, que odiaba aún más si podía a Carol.

Cuando estuvieron todas ataviadas y listas para salir, Sonic informó:

—Nos vamos en barco.

Monday, August 27, 2007

Una de gángsteres (III)

Despertó en una cama con la certeza de que todo había sido una pesadilla. Lo primero que vio fue un telón. Luego otras camas. Grandes armarios por cuyas puertas abiertas asomaban trajes de teatro, con plumas, lentejuelas, colores brillantes. Por doquier había complementos extravagantes, grandes sombreros, zapatos de tacón, piernas de maniquí que vestían medias de distintos modelos, soportes de pelucas, rubias, pelirrojas, morenos largos…

En un rincón, sentadas alrededor de una pequeña mesa redonda, conversaban dos muchachas en camisón. Una de ellas, la más alta y delgada, se dio cuenta de su presencia y se levantó. Se acercó a ella con un tazón de chocolate caliente.

—Ten, bebe… Sonic dice que estás en shock, por lo que has visto.

—Pero pronto te acostumbrarás —dijo la más pequeña, acercándose.

Se sentaron en la cama, una a cada lado.

—Yo soy María —dijo la más alta—, bienvenida.

—Yo soy Elena —dijo la más pequeña.

Ambas eran hermosas, aunque había algo artificial en ellas, algo de muñecas.

Carol aceptó el chocolate y tras un par de sorbos, preguntó:

—¿Dónde estoy?

—En casa de Sonic —respondió María—; no debes tenerle miedo, es bueno con nosotras, es divertido. A veces nos encomienda misiones un poco desagradables…

—Pero nunca tenemos que acostarnos con los hombres —continuó Elena—, Sonic nos protege como a sus concubinas.

—¿Tenemos que acostarnos con él? —preguntó Carol.

Las chicas rompieron a reír. Carol no comprendía.

—Es que —explicó por fin María—, Sonic no tiene sexo, de ningún tipo. No puede sentir deseo sexual. No es un secreto, todo el mundo lo sabe. Lo que sí es un secreto es este lugar, y no debes hablar nunca de ello a nadie. Eso sí te puede costar la vida. Este es el templo de Sonic, le gusta venir a disfrazarse.

El teléfono sonó y Elena lo buscó entre montones de telas y accesorios. Cuando por fin lo encontró, contestó. Al terminar, informó:

—Tenemos una misión.

Saturday, August 25, 2007

Una de gángsteres (II)

Los hombres elegantes inspeccionaron el lugar. Intentaban no pisar a los muertos, pero los cuerpos aparecían de entre las sombras y de vez en cuando se escuchaba el frondoso sonido de una huella sobre carne humana, seguido de un “lo siento”.

—Sonic —se oyó a lo lejos —, por aquí no hay nada tampoco.

—Maldita sea —Carol escuchó la imprecación muy cerca de su piel y su respiración dio un respingo involuntario.

—Luz aquí —se escuchó y pronto un halo amarillo y fuerte la cegó.

—Quita esa luz de su cara, es sólo una muchacha —dijo la voz modulada.

Carol temblaba.

—Ahora, hazme caso —continuó la voz—, tenemos que salir de aquí, no es seguro, confía en mí.

Carol se dejó guiar por una mano firme y delicada. Llevaba días sin dormir, había comido unos restos de lata de atún en algún momento, sólo la adrenalina la mantenía en pie y en el lugar de la mente donde la esperanza nunca muere, soñaba con una cama y una sopa caliente.

Friday, August 24, 2007

Una de gángsteres (I)

Un hombre corría por su vida en el centro de un tiroteo. La noche era roja, las calles estaban rotas. Cuatro hombres lo alcanzaban y a golpes lo tumbaban al suelo. Le ponían una soga en el cuello y lo arrastraban en círculos. De vez en cuando se detenían y con navajas le inflingían alguna herida. Asustada, Carol observaba la escena resguardada en la fina sombra de un portal. Sentía rabia y ganas de vomitar. Los hombres se reían de la víctima. La víctima caía en estados de inconsciencia, ya había dejado de gritar. Hombres elegantemente vestidos aparecieron en escena y de un tiro limpio cada uno se cargó a un torturador. El más alto y guapo, el que con voz modulada daba órdenes, se arrodilló junto al herido. “No se puede hacer nada por él”, dijo. Le deshizo la soga del cuello y con un movimiento preciso y rápido, le cortó la yugular.

Wednesday, August 22, 2007

Stella Blue entrevista a Gina Lis

Llego a la cabaña una primera mañana de otoño y el paisaje es aún verde. Gina Lis me abre la compuerta a su reino, desnuda. Su cuerpo se mantiene firme y su naturaleza pelirroja no presenta síntomas de mutación. En sus ojos verdes han crecido mariposas amarillas, rojas, o quizás siempre estuvieron allí. Me indica el camino hacia el porche trasero y nos sentamos junto a una pequeña torna donde moldea una vasija.

—Cuando quieras —me invita.

—Bien… Empezaremos con algo de rutina, para calentar.

—¿No vas a grabar?

—No.

—¿No vas a tomar nota?

—No.

—¿Y cómo vas a recordar luego?

—Da igual… Luego escribo lo que quiero.

Parece estar de acuerdo, de modo que comienzo:

SB: Hace ya diez años que te retiraste de la escena. ¿Echas de menos aquellos tiempos?

GL: Echo de menos los fines de semana con la banda, que la música sonara desde el primer café de la mañana.

SB: ¿Quién escogió el nombre “Los solipsistas”?

GL: La polla de Sam, por supuesto.

SB: ¿Todavía estás en contacto con Chardo, Carol y Sam?

GL: Con Chardo bastante, se viene de vez en cuando a pasar unos días, a desintoxicarse de la ciudad, de la familia y de la productora, que le estresa bastante. No sé nada de Carol desde que el año pasado se rompió una pierna y la fui a ver al hospital. A Sam no puedo ni llamarle, su mujer no nos deja.

SB: Algunas cosas no cambian…

GL: Yo sí. Ahora no me afecta tanto, estoy más tranquila con mi don/defecto desde que vivo aislada y me han salido algunas arrugas en la cara.

SB: ¿Algún arrepentimiento?

GL: Haberme pasado la vida pensando que la gente me odiaba y no hacer nada para cambiarlo. Si desde el principio hubiera escogido otra estrategia que la de la defensa a través del desprecio, quizás mi vida sería hoy distinta. Pero no me quejo… Prefiero pasar las mañanas desnuda con las manos en el barro que siendo la criada encubierta —hoy en día las mujeres dan las más variadas excusas— de un hombre que al fin y al cabo sólo me quiere para el sexo.

SB: ¿Fue así con Sam?

GL: Lo nuestro nunca fue sexual. ¿Fue así con Chardo?

SB: Nunca tuvimos mucho tiempo para el sexo, siempre de fiesta, siempre de gira, siempre drogados… Yo no estaba de muy buen humor cuando por fin nos quedábamos a solas.

GL: O sea, que sí, que sólo te quería para el sexo pero además no te satisfacía.

SB: Las preguntas las hago yo.

GL: No me sorprende de Chardo, aunque soy la menos indicada para decir nada, creo que es el único amigo que tengo en estos momentos.

SB: ¿Qué pasó entre Sam y tú?

GL: Me llevó de viaje con su familia a una isla, al cumpleaños de su abuela, a ver la tumba del abuelo, una historia rara, la verdad. Hubo un asesinato… Vi quién fue. Después de eso no quise saber más de Sam, fuera del local de ensayo.

SB: Debió ser duro, era tu mejor amigo.

GL: Bueno… Todo amor se acaba olvidando…

SB: Dices que viste quién asesinó, sin embargo, aquel caso se cerró sin solución…

GL: Veo que no has leído mi novela.

SB: Sí la leí, pero eso es ficción.

GL: Tan ficción como una investigación policial.

SB: No creo en el solipsismo.

GL: Tampoco yo.

Gina Lis se levanta, se limpia las manos en las caderas, alcanza el paquete de cigarrillos y me invita a uno. Se lo agradezco pero rechazo. Ella se enciende uno, me mira por última vez y se va, descalza y ligera, hacia los árboles.